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Cuestionar al Tribunal Constitucional es cuestionar la democracia

12 octubre, 2026 12 lecturas
 Cuestionar al Tribunal Constitucional es cuestionar la democracia
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Fecha: 11 de octubre de 2026
Autor: R. Trigo
Categoría: GENERALISTA
Tipo: Artículo de opinión

Cuestionar a Conde-Pumpido no es cuestionar la democracia

La portada de El País y la peligrosa identificación entre el Tribunal Constitucional y quien lo preside

La portada de El País de este domingo ofrece un ejemplo especialmente elocuente de cómo un titular puede empobrecer el debate democrático. Junto a la imagen de Cándido Conde-Pumpido ante la sede del Tribunal Constitucional, el diario destaca una frase solemne de su presidente: “Cuestionar al Tribunal Constitucional es cuestionar la democracia”.

En el texto de la entrevista la frase aparece completa, y es todavía más reveladora: quien cuestiona al Tribunal Constitucional está cuestionando la Constitución, y quien cuestiona la Constitución está cuestionando la democracia. El razonamiento tiene forma de silogismo, pero descansa sobre una premisa falsa: que el Tribunal y la Constitución son la misma cosa. No lo son. El Tribunal es el intérprete supremo de la Constitución, no la Constitución misma. Sus sentencias son interpretaciones, vinculantes, pero interpretaciones. Discutir una interpretación no es impugnar el texto que se interpreta, y mucho menos el sistema democrático que ese texto funda.

Lo que la frase mezcla

El diario presenta las palabras de Conde-Pumpido como una defensa de la independencia del tribunal frente a los ataques políticos. Precisamente por eso la frase es desafortunada. Al no distinguir entre el ataque a la legitimidad del órgano y la discrepancia con una sentencia concreta, mete en el mismo saco al agitador que deslegitima y al jurista que objeta una extralimitación competencial. Y convierte el respeto debido a una institución en una exigencia de adhesión a sus decisiones.

Siete votos contra cinco

La sentencia que ha motivado la entrevista no es una decisión pacífica. El 6 de octubre, el Pleno del Constitucional estimó por siete votos contra cinco el recurso de amparo de Dolors Bassa y ordenó al Tribunal Supremo declarar amnistiado el delito de malversación por el que fue condenada. El Supremo había excluido ese delito de la amnistía al apreciar un beneficio personal de carácter patrimonial, uno de los supuestos que la propia ley deja fuera. El ponente fue el propio Conde-Pumpido.

Cinco magistrados, Concepción Espejel, Enrique Arnaldo, Ricardo Enríquez, José María Macías y César Tolosa, han firmado un voto particular durísimo. Sostienen que la sentencia no se limita a corregir una vulneración de derechos, sino que suplanta al Supremo en la interpretación de la legalidad ordinaria. Esa es una función que el artículo 123.1 de la Constitución le reserva como órgano jurisdiccional superior en todos los órdenes, salvo en materia de garantías constitucionales.

Esa discrepancia no demuestra por sí sola que la mayoría se equivoque, introduce serias dudas. Pero sí demuestra algo que el titular oculta: que existe una controversia constitucional seria, planteada desde dentro del propio tribunal. Si la frase del presidente fuera cierta, habría que concluir que cinco magistrados del Constitucional están cuestionando la democracia. Nadie sensato lo sostendría. Y si no vale para ellos, tampoco vale para el resto de los ciudadanos.

La apariencia también importa

El presidente de un tribunal constitucional tiene una responsabilidad añadida: no basta con que el órgano sea independiente, es necesario que lo parezca. Por eso no es un detalle menor que Conde-Pumpido compareciera públicamente para defender su posición pocos días antes de que el Pleno votara su ponencia, algo poco habitual en quien ocupa ese cargo. Tampoco lo es que, tras la sentencia, sea él mismo quien acuda a la prensa para presentar la crítica como un ataque al sistema.

La controversia, además, no empieza hoy. En junio de 2025 el Tribunal avaló el núcleo de la ley de amnistía; ahora ha extendido su aplicación a la malversación. Son decisiones distintas, con fundamentos propios, y no sería riguroso atribuirles una misma intención política. Pero es legítimo examinar su efecto acumulado sobre la percepción de independencia del tribunal. Lo es sobre todo cuando las divisiones entre sus magistrados coinciden una y otra vez con la línea que separa a progresistas y conservadores, y cuando sus resoluciones resultan determinantes para acuerdos de los que depende la estabilidad del Gobierno.

Conde-Pumpido, que fue fiscal general del Estado, no es un presidente ajeno a la controversia política. No hace falta atribuirle órdenes ni pactos que no puedan probarse. Basta con exigirle lo elemental: que sus palabras contribuyan a disipar las sospechas, no a convertir en sospechoso a quien discrepa.

El papel de la prensa

Entrevistar al presidente del Constitucional y permitirle explicar una sentencia polémica es perfectamente legítimo. Lo discutible es elevar a mensaje principal de la portada una frase que equipara la crítica al tribunal con la crítica a la democracia, sin que el titular introduzca la distinción imprescindible entre el órgano y sus decisiones. No hace falta diagnosticar la intención de manipular para señalar el efecto: el lector recibe la idea de que discrepar del presidente es atacar las instituciones.

En un asunto de esta trascendencia cabría esperar que las objeciones de los cinco magistrados discrepantes y la discusión sobre los límites entre el Constitucional y el Supremo ocuparan un lugar igualmente visible. La pluralidad informativa no exige dar la razón a todos; exige que el ciudadano pueda saber qué se ha decidido, por qué y con qué objeciones. La prensa no debe ser portavoz de la autoridad institucional, ni del Gobierno... ni  de sus adversarios.

La democracia no pertenece a nadie

Hay una ironía profunda en invocar la democracia para desalentar la crítica a una institución democrática. La democracia constitucional no es propiedad de los gobiernos, de las mayorías parlamentarias, de los jueces que interpretan las leyes ni de los periodistas que eligen los titulares. Es un sistema de límites y controles recíprocos.

El Tribunal Constitucional tiene la última palabra en su jurisdicción, pero su presidente no tiene la última palabra en el debate público. Una sentencia puede ser vinculante y, al mismo tiempo, jurídicamente discutible. Se acata y se discute: eso es exactamente lo que distingue la obediencia jurídica de la adhesión intelectual. La autoridad de un tribunal no procede de que nadie lo cuestione, sino de la solidez de sus argumentos y de la confianza que inspira su actuación. Defender el Tribunal Constitucional no consiste en defender siempre a quien lo preside. Consiste en exigir que esté a la altura de la función que la Constitución le encomienda. Y exigirlo, lejos de ser un ataque a la democracia, es una obligación de quienes creen en ella. A lo mejor el problema es que quien lo dirige no ha estado a esa altura necesaria.